A partir de la Revolución de mayo de 1810 nuestro país demoró algún tiempo en reorganizarse. En esa etapa el área que ocupaba el indígena abarcaba el sur de Mendoza, San Luis y Córdoba y el Río Salado de Buenos Aires. Desde allí se extendía al oeste hasta la cordillera de los Andes y hacia el sur hasta el fin del país.La línea que dividía un terreno de otro se desdibujaba muy fácil y se trazaba más nítidamente a partir de los pactos que se realizaban entre blancos y caciques para preservar la paz, lo que no era tarea fácil. Las tribus que se radicaron en La Pampa alrededor de 1834 eran tres, los vorogas que integraban un grupo al mando de Juan Manuel Calfucurá, -un araucano que se estableció en Salinas Grandes, al sudeste de la provincia, con más de 800 mapuches provenientes de Chile-. Los ranqueles bajo el mando de Yanquetrúz y los pampas que fueron aliados de Rosas hasta su caída. Los indígenas detentaban la superioridad que daba el conocimiento del terreno, las zonas de mejor agua, los buenos pastizales, los atajos y el relieve. Frente a eso los blancos poseían un dominio más organizado en función a la comunicación, las armas y las tropas que se destinaban a la conquista del territorio. La convivencia de modos de vida y la lucha por un objetivo común como era detentar el poder sobre la tierra, hacía la vida difícil y peligrosa. Esta reseña viene a dilucidar una percepción no muy popularizada sobre el pasado de estas tierras Lejos de la calma que denota la inmensidad y el lejano horizonte, éste fue un espacio de disputa, de tropeles y gritos.